Cinco claves para redescubrir el Bautismo: la puerta que abre toda la vida cristiana

13 de enero del 2026
Isabel

Mientras la Iglesia se prepara para celebrar la fiesta del Bautismo del Señor, una de las solemnidades que marcan el cierre del tiempo litúrgico de Navidad, vale la pena volver la mirada hacia el sacramento que hizo posible nuestro ingreso en la fe y en la comunidad eclesial. Aunque muchos lo recibieron en la infancia y quizás no recuerden el momento, el Bautismo no es un simple rito social ni una costumbre familiar: es el acontecimiento espiritual que inaugura toda la existencia cristiana.



El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con claridad meridiana: por el Bautismo “somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión” (CEC 1213). Dicho de otro modo: sin Bautismo no hay vida sacramental, no hay misión apostólica y no hay inserción en el misterio de Cristo.

“Somos responsables del futuro de los jóvenes, y su futuro es también el futuro del mundo.”

Cuando el mismo Jesús se pone en la fila: humildad que llama a conversión


Uno de los datos que más asombra al contemplar el rito del Jordán es que Jesús —el Santo sin pecado, la fuente misma de la vida— quiso ser bautizado por Juan. No necesitaba purificación alguna ni buscaba ser incorporado al Pueblo de Dios, porque Él mismo es su Pastor. Sin embargo, descendió a las aguas para abrir un camino, para ponerse a la altura de quienes necesitan salvación y para anticipar el misterio de la Cruz.


Así lo recordaba la periodista y autora católica Marge Fenelon, quien subrayaba la fuerza de aquel gesto: Cristo “no necesitaba ser bautizado porque Él es la salvación en sí misma”. El Catecismo confirma esta enseñanza recordando que de su costado abierto brotaron agua y sangre, figuras del Bautismo y la Eucaristía (CEC 1225).


Desde Pentecostés, la Iglesia ha administrado el Bautismo con fidelidad a las palabras de San Pedro: “Convertíos y que cada uno se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados” (Hch 2,38). Este impulso apostólico, sostenido a través de los siglos, ha ido configurando también prácticas pastorales: hacia el siglo II apareció la figura del padrino y la madrina, y más tarde, bajo el pontificado de San Higinio, se consolidó como acompañamiento espiritual del neófito.



Otros nombres para un mismo misterio: regeneración, iluminación y sello


El Bautismo es un sacramento con múltiples resonancias y, por ello mismo, la tradición cristiana lo ha nombrado de diversas maneras. La palabra “bautizar” proviene del griego baptizein, que significa sumergir. La inmersión expresa simbólicamente el descenso a la muerte con Cristo y la salida a una vida nueva por la acción del Espíritu (CEC 1214).


Padres de la Iglesia como San Gregorio Nacianceno desplegaron una rica teología bautismal, llamando al sacramento “don”, “gracia”, “baño”, “unción”, “iluminación” y “vestidura”, acentuando distintos matices de una misma realidad: por el Bautismo el ser humano queda marcado por Cristo en lo más profundo de su ser.


Cada año, la Iglesia recuerda esta identidad bautismal durante la Vigilia Pascual, cuando invita a renovar públicamente las promesas bautismales. La preparación previa conduce al umbral de la vida nueva, pero el sacramento exige que esa vida se despliegue y madure a lo largo del tiempo. Como recordaba Fenelon, el Bautismo asegura la promesa de salvación “a quienes lo buscan” y renueva al creyente desde dentro como “baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo”.



Un sello que no se borra y una misión que no se delega


Uno de los aspectos menos conocidos —y más decisivos— del Bautismo es que imprime un carácter indeleble, una marca espiritual que no desaparece aunque el pecado pueda impedirle dar fruto (CEC 1272). Por eso, este sacramento no puede repetirse: quien ha sido bautizado pertenece para siempre a Cristo y ha sido injertado en su Cuerpo que es la Iglesia.


Esa pertenencia comporta, además, una misión: anunciar el Evangelio. Fenelon lo expresaba sin rodeos: atraer a otros hacia la fe “no es una opción; es una obligación”. El bautismo cristiano nunca es individualista; implica ser enviado.


Solo en situaciones excepcionales la Iglesia permite que cualquier persona —incluso no bautizada— pueda administrar el sacramento, siempre que use la fórmula trinitaria y tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia (CEC 1256). Este detalle no es menor: expresa la voluntad salvífica universal de Dios y la necesidad del Bautismo para quien lo desea sinceramente.


Al aproximarnos a la Fiesta del Bautismo del Señor, la Iglesia invita a contemplar no solo un episodio de la vida de Cristo, sino el origen de nuestra vida cristiana. Recordar lo recibido es también despertar la responsabilidad de custodiarlo, alimentarlo y comunicarlo.


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