Cuando el cansancio se disfraza de crisis vocacional: alertan sobre el ‘burnout’ entre los sacerdotes

12 de noviembre del 2025
Sacerdote

Cada vez más sacerdotes experimentan un agotamiento profundo que no siempre nace de la falta de fe o de vocación, sino de un fenómeno psicológico cada vez más común: el síndrome de burnout o síndrome del desgaste profesional. Así lo advierte el P. Mario Adán Moreno Madrid, presbítero de la Diócesis de Obregón (Sonora, México), quien acaba de publicar el libro “El síndrome de burnout en el ministerio sacerdotal”, fruto de años de estudio y acompañamiento pastoral.


En su obra, el sacerdote busca 
distinguir entre una auténtica crisis vocacional y un colapso emocional o físico producto de la sobrecarga de trabajo y de las exigencias pastorales. “Muchos sacerdotes creen haber perdido su vocación, cuando en realidad están agotados”, señala.


“El burnout no es falta de vocación, sino una distorsión del alma cansada que empieza a dudar de sí misma”, advierte el autor.

“Muchos sacerdotes no han perdido su vocación: solo están agotados y necesitan volver a encontrarse con Dios en el silencio y en la fraternidad.”

Un enemigo silencioso en la vida del ministerio



Según la Secretaría de Salud de México, el burnout es un trastorno que afecta principalmente a personas entre los 30 y 40 años, caracterizado por ineficiencia laboral, fatiga e indiferencia emocional, provocado por tareas que generan angustia o sentimientos de culpa por no poder realizarlas correctamente.


El P. Moreno Madrid, quien ha acompañado a numerosos sacerdotes en procesos de fatiga espiritual y emocional, sostiene que este síndrome 
también afecta profundamente al clero, aunque muchas veces pase inadvertido o se confunda con problemas de fe.


“Cuando un sacerdote se siente defraudado, vacío o cree que ha fallado en su vocación, puede estar atravesando un cuadro de agotamiento y no necesariamente una crisis espiritual”, explica.


El sacerdote describe que este proceso puede degenerar en lo que denomina una “distorsión cognitiva”, es decir, una percepción errónea de sí mismo: “El sacerdote llega a pensar: no sirvo para esto, no soy digno de este llamado, y desde esa confusión puede tomar decisiones equivocadas, como alejarse del ministerio”.


Tres dimensiones del desgaste sacerdotal


El P. Moreno identifica tres grandes dimensiones en las que se manifiesta el burnout dentro del ministerio sacerdotal: el agotamiento, la despersonalización y la falta de realización personal.


  1. Agotamiento físico y emocional:
    Es la fase más visible y común. Se produce cuando el sacerdote se encuentra sobrecargado de trabajo pastoral —misas, confesiones, acompañamientos, gestiones parroquiales— y 
    ya no dispone de energía física ni emocional para responder con serenidad y entrega. “En ese punto, incluso las tareas más sencillas se vuelven pesadas”, comenta el autor.
  2. Despersonalización:
    Es un signo más preocupante y afecta directamente la relación con los fieles. “El sacerdote empieza a evadir a la gente, se vuelve irritable, responde con dureza, o simplemente se encierra”, explica.
    Lejos de ser un problema moral, el P. Moreno aclara que “es una defensa inconsciente de la mente ante el agotamiento; la psique rechaza a quien le exige más esfuerzo del que puede dar”.
  3. Falta de realización personal:
    En esta fase aparece un 
    sentimiento de frustración y baja autoestima. El sacerdote comienza a creer que su trabajo no tiene sentido ni frutos visibles, y esa percepción errónea puede confundirse con una pérdida de vocación. “En realidad —añade— no ha dejado de amar su ministerio, solo está rebasado por sus límites humanos”.

Síntomas físicos y la importancia de reconocer el problema


El burnout, advierte el sacerdote, no solo se manifiesta en la mente, sino también en el cuerpo. Entre los síntomas más frecuentes menciona los dolores de cabeza, estómago o pecho, así como trastornos digestivos —gastritis, colitis—, alteraciones cardíacas y enfermedades cutáneas vinculadas al estrés, como psoriasis o erupciones.


El problema, según el P. Moreno, es que muchos sacerdotes desconocen el síndrome y, por tanto, no pueden interpretarlo adecuadamente. “A veces lo confunden con una falta de fe, o con el castigo de Dios, cuando en realidad se trata de un desequilibrio físico, emocional y espiritual que necesita ser comprendido y tratado”, explica.


Por ello, insiste en que la formación sacerdotal y los seminarios deben incluir herramientas para el cuidado psicológico y emocional, de modo que los futuros presbíteros aprendan a reconocer los signos del agotamiento antes de que los domine.


“El ministerio exige mucho, pero el sacerdote también es un ser humano. Si no cuida su salud interior, no podrá cuidar la de los demás”, enfatiza el autor.


Oración, descanso y fraternidad: claves para sanar el alma cansada

Ante este panorama, el P. Moreno propone una triple medicina espiritual y humana para combatir el burnout: la oración, el equilibrio de vida y la fraternidad sacerdotal.


“La oración es el alma del ministerio. Es el lugar donde el sacerdote puede descargar su cansancio en los brazos de Dios. Jesús mismo nos lo recordó: Vengan a mí los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”, afirma.


Además, recomienda adoptar hábitos sencillos pero esenciales: una alimentación equilibradahoras adecuadas de sueño, momentos de descanso real y espacios de vida comunitaria.


“Es vital tener amigos sacerdotes, un grupo donde se pueda hablar, compartir, reír y descansar. El aislamiento es el terreno más fértil para el desgaste espiritual”, advierte.


El sacerdote subraya que el burnout no debe vivirse como una vergüenza, sino como una llamada a recuperar el sentido del servicio desde la serenidad. “No se trata de hacer menos, sino de servir mejor, con el corazón descansado en Cristo”, concluye.


En un tiempo en que el ritmo pastoral se acelera y las exigencias crecen, el testimonio del P. Mario Adán Moreno invita a mirar con compasión a quienes entregan su vida al servicio del Evangelio.


Su mensaje recuerda que 
la vocación no se apaga por el cansancio, sino que se renueva cuando el sacerdote vuelve al origen: al encuentro con Cristo, fuente de toda fuerza y descanso verdadero.

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