El Papa León XIV emprenderá un viaje histórico al Líbano en plena escalada de tensión: “Existe el temor real de una nueva guerra en el sur”

24 de noviembre del 2025
Libano

La visita apostólica del Papa León XIV al Líbano, prevista del 30 de noviembre al 2 de diciembre de 2025, se desarrollará en un país profundamente herido por la violencia, la crisis económica y el miedo a un nuevo conflicto. En medio de nuevos bombardeos en la frontera sur y de una población marcada por décadas de inestabilidad, la llegada del Santo Padre es percibida como un gesto profético, un signo de paz y cercanía para una comunidad cristiana que resiste entre escombros, incertidumbre y esperanza.

«La presencia del Papa en un Líbano herido es un llamado a que la esperanza venza al miedo y a que la paz vuelva a tener la última palabra».

Un país en vilo ante la amenaza de la guerra



Los recientes ataques israelíes contra varias aldeas del sur del Líbano han avivado el temor a un conflicto abierto. Desde Rmeich, localidad cristiana situada a pocos metros de la frontera, el párroco maronita P. Tony Elias describe una situación límite: “Estamos así con ataques continuados desde hace casi dos años y medio. Pero nunca hemos evacuado, nunca hemos dejado nuestro pueblo”.


La firmeza de esta comunidad contrasta con la devastación de las aldeas vecinas, reducidas a ruinas. Rmeich, aunque afectada por daños en viviendas, vehículos y tejados, se mantiene en pie gracias al esfuerzo constante de los propios vecinos. “No podemos marcharnos —insiste el sacerdote— porque si lo hiciéramos no habría nadie que reconstruyese, nadie que protegiera nuestro pueblo”.


Heridas abiertas que el tiempo no ha cerrado


El sufrimiento actual se suma a una memoria colectiva marcada por tragedias recientes: la guerra de 2006 entre Hizbulá e Israel, que arrasó barrios enteros y dejó más de un millar de muertos; el asedio de octubre del pasado año, que volvió a sepultar al país en escombros; y la crisis económica que ha evaporado los ahorros de las familias.


A estos golpes se añade una década de inestabilidad política, la explosión del puerto de Beirut y el impacto persistente de la pandemia. “El Papa viaja a un país herido. Los últimos seis años han sido terribles”, resume el P. Raffaele Zgheib.


La visita del Papa: un bálsamo para un pueblo exhausto


En este contexto, la llegada del Santo Padre despierta una esperanza contenida pero palpable. La visita, programada antes del repunte de violencia, adquiere un significado especial. “Estoy convencido de que este primer viaje apostólico del Papa será un signo de paz para el mundo entero”, asegura el P. Elias. “Devolverá la voz a los cristianos y a los libaneses, cuya realidad a menudo queda manipulada o silenciada”.


A pesar del temor de que la violencia pueda empañar los actos programados, la comunidad se prepara con entusiasmo. Habrá autobuses desde todo el sur para asistir al encuentro con jóvenes en Bkerké y a la Misa en el Beirut Waterfront. Las escuelas, parroquias y movimientos eclesiales trabajan contrarreloj en los preparativos.


Una iglesia unida ante el desafío


Según explica el P. Zgheib, todas las Iglesias orientales del país —maronitas, greco-melquitas, siro-católicos, armenios católicos, caldeos y latinos— participan activamente en la organización. Esta unidad muestra la importancia pastoral y simbólica del viaje, considerado una continuación del deseo expresado durante años por el Papa Francisco, que no pudo realizarlo por motivos de salud.


El Líbano, recuerda, es un punto clave para la Santa Sede: puente natural entre Oriente y Occidente, referencia histórica de convivencia religiosa y, hoy, un escenario que reclama paz, justicia y estabilidad.


La esperanza de un renacer


Pese al miedo a una nueva guerra, la visita del Papa se vive como una oportunidad para reavivar la fe y reconstruir la confianza en un futuro posible. “Todos los libaneses quieren que sea un comienzo para una paz duradera y justa en Oriente Medio”, afirma el P. Zgheib. En un país exhausto y fragmentado, la presencia del Santo Padre no solo será un mensaje político o diplomático, sino un gesto pastoral que abraza a quienes han resistido en silencio, cuidando sus aldeas, sosteniendo su fe y protegiendo la dignidad de sus comunidades.

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