Las cuatro mentiras del apocalipsis
18 de febrero del 2026
“No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino la espada” (Mateo, 10, 34). La siguiente crónica “espiritual” relata un hecho tan real como ignorado por muchos. La razón fundamental por la que la mentira y la desidia crecen en el mundo es porque nosotros, los cristianos, hemos dejado de creer en la Verdad, diseccionando y dulcificando a nuestra medida las palabras de nuestro Señor Jesucristo para convertirlas en un sentimentalismo agradable. El cristiano es, ante todo, un guerrero, un mártir nacido para dar su vida por la Verdad. El mundo se muere porque nos negamos a presentar batalla a su enfermedad. Recuperemos, pues, la valentía necesaria del que da la vida por su prójimo, amemos la Verdad para que el mundo se rinda ante Ella, conquistando, por fin, su tan ansiada libertad.
“Las grandes mentiras no son las que se pronuncian a viva voz sino las que se callan.”
Damas y caballeros, ¡estamos en guerra! Menuda novedad, estarás pensando. Piensa otra vez. No me refiero a uno de esos muchos conflictos bélicos que suceden a tantos kilómetros de ti, que ni sientes ni padeces, con gente a la que jamás tendrás ocasión de conocer, ni de ayudar. No soy tan hipócrita. Intento dedicar mis lágrimas a lo que puede ser lavado y sanado con ellas. Me estoy refiriendo a una guerra que está sucediendo aquí y ahora, a nuestro alrededor, en nuestro día a día. Soy capaz de escuchar los llantos y los gritos desesperados de mis allegados en este mismo momento. ¿No la ves?, ¿acaso no la sientes? Eso solo me dice que ya te has rendido, que has sido conquistado sin presentar batalla. Has claudicado, entregado las armas, hincado la rodilla para rendir pleitesía al nuevo amo y señor del mundo. El enemigo ha entrado en tu casa a plena luz del día y no es que no te hayas dado cuenta, es que le has servido un café y entregado las llaves.
Estoy hablando muy seriamente. Necesito que te concentres y prestes atención, porque el enemigo del que te hablo es tan peligroso que puede aligerar el peso de estas palabras hasta convertirlas en una mera anécdota en tu mente, quizás en no más que una ingeniosa historia de lo que en realidad es el mayor ataque que la humanidad haya sufrido en toda su historia. Y es que este es su modus operandis. Es un experto del camuflaje y del engaño, hasta el punto de hacer creer al mundo que sale finalmente a flote gracias a su bondad infinita, cuando en realidad se ahoga arrastrado por el peso de su propia mentira. Lo complicado del asunto es que, para la mirada superficial y distraída, esa mentira parece ser la mayor de las verdades. Ataca por dentro dejando intacto lo de afuera. Por eso, a pesar de que nada parece estar sucediendo, ya no te reconoces cuando te miras al espejo. Aparentas buena salud, pero sientes un aliento mortífero que te consume internamente. ¿Cómo es esto posible? Si esta guerra de la que hablo fuera cierta, ¿cómo es que no somos conscientes de ella?
Cuando a uno le duele un brazo lo identifica fácilmente, pero cuando lo que duele es todo el cuerpo, el dolor parece ser el estado natural de las cosas. Como es todo lo que duele, el dolor no se puede identificar. Algo así nos está ocurriendo en la actualidad. La mentira del mundo ha dejado de ser identificable porque ataca la realidad integral del ser humano por sus cuatro flancos: el pensamiento, el sentimiento, la voluntad y el ser, es decir, nuestra mente, nuestro corazón, nuestra libertad y, finalmente, nuestro yo, dejándonos sin recursos para reconocerla. Estas son las cuatro mentiras del mundo que nos están destruyendo mientras tú brindas en su honor.
La primera de ellas, como decíamos, ataca a nuestra primera defensa: el pensamiento. El mundo no para de hablar acerca de la importancia del “pensamiento crítico y creativo”. No hay empresa, ni proyecto, ni currículum educativo que no incluyan estas dos mágicas y, aparentemente, bondadosas palabras. ¿Y qué hay de malo en eso?, me preguntarás. El truco está en la astucia con la que se nos ofrece protección contra una brisa mientras se nos deja a la intemperie de la verdadera tormenta. Como caballo de Troya, estas dos fórmulas, pensamiento crítico y creativo, parecen venir para protegernos pero, en realidad, dentro de ellas se esconde nuestro gran enemigo. Y es que las grandes mentiras no son las que se pronuncian a viva voz sino las que se callan. Se nos dice que debemos tener pensamiento crítico para no dejarnos engañar por el mundo, y es cierto, pero se calla la verdadera intención que hay detrás de esta farsa: la de prolongar esa crítica hasta un delirante escepticismo que censure toda verdad.
Lo que debía servir para separar el grano de la paja, acaba por convertirse en un molino que tritura todo lo que pilla, incluso la verdad misma. Y cuando ya no queda nada a lo que agarrarse, será el hombre quien tendrá que activar su creatividad, segundo de los mecanismos de nuestro gran ilusionista. Si bien la creatividad es necesaria cuando se entiende como motor para generar innovación y con ello una vida mejor, nuevamente se inocula silenciosamente en nuestro pensamiento la idea de que es el hombre el ser creador de una realidad que él mismo ha destruido previamente.
El hombre se basta a sí mismo, ya no necesita a Dios para buscar la verdad (sea lo que sea eso), sino que él mismo se labra su propia salvación. Y sin verdad, el hombre se predispone para recibir con sus brazos abiertos el relativismo del mundo, el todo vale que todo lo tolera, incluso la mentira. Pero a mí no me sirve de nada pensar críticamente si no es para descubrir qué está bien y qué está mal. En el remedio que el mundo nos ofrece se esconde el veneno que nos deja completamente indefensos. Así de astuto es nuestro agresor.
Debemos, pues, andarnos con mucho ojo. La segunda mentira nos ataca directamente al corazón. “All you need is love”, dice la canción, otra mentira camuflada en forma de verdad. Porque si bien es cierto que lo único que necesitamos realmente es amor, no vale cualquier tipo de amor. Cuando renunciamos a la verdad, el amor se convierte en mero sentimentalismo y, al hacerlo, los hechos y las acciones objetivas dejan de importar, para dar paso al sentimiento y a las buenas intenciones.
“Esto tiene que ser verdad porque yo lo siento así”. Ya no es necesario hacer el bien (sea lo que sea eso) tan solo hay que querer el bien. He aquí la trampa que nos conduce al mayor cáncer que sufre nuestra sociedad hoy día: el victimismo. Como no es la verdad sino el sentimiento el criterio con el que el mundo juzga la realidad, el propio amor acaba por convertirse en el peor de los odios. “Te amo por como eres”, dice el mundo, “no hay nada de malo en ti”, “no es culpa tuya”, lo que se podría traducir literalmente como: “no asumas la responsabilidad de tus actos”, “no intentes ser mejor persona”, “mantente tan mediocre como eres”.
Eso no se llama amor sino traición, aquella que anima al otro a consumirse en el fuego de su propia mediocridad, en lugar de sacarle de las llamas. El verdadero amor, en cambio, nos ama incondicionalmente, ¡es cierto!, pero solo porque es capaz de ver en nosotros una mejor versión que nos abre las puertas de la verdadera felicidad. El problema es que amar de esta forma genera un conflicto entre el bien y el mal, es decir, una discriminación, palabra maldita para un sentimentalismo obsceno que solo quiere “la paz a toda costa”, así tenga que claudicar ante la mentira y la barbarie... Por eso no ves la guerra de la que te hablo.
El tercer ataque pone en sitio nuestra libertad, pero lo hace nuevamente de una forma muy curiosa, y peligrosa. En lugar de ponerle cerco, la saca a pasear en hombros. La enaltece, le da las llaves del reino, la proclama dueña y señora de nuestra vida. Es decir, la convierte en un fin en sí mismo y no en un medio para alcanzar algo mayor y mejor. Si Jesucristo dijo “la verdad os hará libres”, el mundo nos dice “la libertad os hará verdaderos”. Ya no hay barreras ni cadenas que pongan freno a nuestra libertad. Puedes hacer lo que quieras, la vieja moral que juzgaba tus acciones ya no existe.
Qué bello este mundo sin cortapisas, ¿no es cierto? No tan rápido que te la vuelven a colar. El problema de poder hacer lo que se quiera asoma un segundo después en forma de pregunta: si puedo hacer lo que quiera, ¿qué es lo que debo hacer? Nuevamente, la mentira del mundo guarda silencio, sabiendo que al camuflar de libertad lo que es un vacío libertinaje, acabaremos marchitándola hasta que terminemos por entregarla libremente, sembrando en su lugar el germen del totalitarismo al suplicar la venida de un nuevo líder que nos diga qué hacer con nuestra vida y cómo hacerlo. La servidumbre no nos viene impuesta como antaño, ahora la deseamos desesperadamente. Te suena, ¿verdad?
La cuarta y última mentira, aunque simultánea a las anteriores, es la consecuencia lógica e inevitable de todas ellas, atacando justamente a lo que somos realmente. Cuando la verdad desaparece, cuando el amor se convierte en puro sentimiento y cuando la voluntad navega a la deriva sin referencia alguna, lo único que queda del hombre es ese pequeño barquito, el yo, nuestra identidad personal, pero en lugar de concebirse como espíritu o naturaleza, eterno e inmutable, queda reducido a algo meramente material, efímero y pasajero, que se puede moldear a gusto de cada uno. En unas pocas palabras, el ser se sustituye por la máscara del ego. Cuando esto sucede, el hombre ya no ve la realidad tal y como es sino como su ego, material, ficticio, quiere que sea.
Piénsalo por un momento: si hay algo que una máscara detesta es ser desenmascarada, por eso el mundo rechaza el compromiso de la religión (religare, volver a unir, atar) para abrazar una espiritualidad escapista, que mantenga a su ego como protagonista. Consecuencia: ya no es la vida lo que importa sino los años de vida, ya no se trata de trascender sino de sobrevivir, ya no nacemos para redimirnos y superarnos sino para disfrutar. Como la máscara sustituye al ser auténtico, nuestro hombre mundano termina por creer aquel canto de sirena que le invita a “poder ser lo que quieras”, otra mentira que suena muy bien pero que le arrebata esa felicidad que tanto busca.
Porque lo cierto es que yo no puedo ser una mujer si he nacido hombre, no puedo hacer de mi perro un hijo ni de mi hijo una mascota, ni tan siquiera puedo ahora cumplir mis sueños, pues no son los míos, sino los del dios egocéntrico en el que creo haberme convertido. Y entonces llega el bombazo definitivo que hace saltar todo por los aires: el hombre endiosado llega a creerse inevitablemente “la persona más importante del mundo”, cree que “el mundo lo necesita”, que puede “salvarlo de todos sus males”, cargándose de unas expectativas que jamás podrá cumplir, quedando para siempre enfadado con el mundo y convirtiéndose en una decepción para el mundo.
Sé que te he presentado un panorama desolador. Tranquilo, no te preocupes, ten fe, siempre hay razones para guardar esperanza. Porque por muy mal que pinten las cosas, por mucho que el hombre insista en su propia desgracia, negándose a presentar batalla ante un enemigo que se crece ante nuestra indiferencia, contamos con una buena noticia, la buena noticia: y es que esta guerra contra el mal y la mentira ha sido ya vencida hace más de dos mil años por el único y verdadero Salvador del mundo.
¡Esa es la Verdad definitiva!, la que me recuerda que o vivo como Dios quiere o será el mundo y su mentira quien viva por mí. Solo tenemos que levantar la mirada al cielo y luchar, agarrándonos a lo más hermoso que tenemos y que el hombre jamás podrá crear, pero tampoco destruir: el Amor de un Dios que nos hace verdaderos ahora y por siempre.
Autor: Alberto Jiménez Castillo
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