Santo Tomás de Aquino y la batalla interior: cuatro pasos concretos para vencer el pecado
28 de enero del 2026
A las puertas de la fiesta litúrgica de Santo Tomás de Aquino, el próximo 28 de enero, la figura del Doctor Angélico vuelve a levantar preguntas que atraviesan no solo la teología, sino la experiencia diaria de la vida cristiana: ¿cómo se vence verdaderamente el pecado? ¿De qué manera se combate aquello que nace en el interior y que tantas veces amenaza con dominar el corazón?
El gran maestro dominico ofreció una respuesta sorprendentemente práctica en sus sermones catequéticos, reunidos en el llamado Catecismo Tomista, donde abordó con claridad cuestiones relativas al Credo, el Padrenuestro, el Ave María, los mandamientos y los sacramentos. Entre ellas, desarrolló un método en cuatro pasos para enfrentar la tentación, que hoy conserva una actualidad luminosa.
“El combate contra el pecado no se libra en un instante, sino en una disciplina cotidiana donde Dios sostiene lo que el hombre solo no puede”
Reconocer el enemigo y huir de lo que conduce al pecado
En su explicación del décimo mandamiento —“no desearás la mujer de tu prójimo”— Santo Tomás parte de un diagnóstico espiritual que no ahorra realismo: el pecado no surge solo desde fuera, sino que tiene raíces profundas en el corazón y el peor adversario es, a menudo, el que habita en casa. Por ello, el primer paso que recomienda no consiste en un gesto heroico, sino en algo muy sobrio: evitar las ocasiones externas que conducen al mal. Huir no es cobardía, sino sabiduría.
Para el Doctor Angélico, rodearse de ambientes corruptores o de compañías dañinas debilita la voluntad y abre la puerta a la caída. La tradición moral de la Iglesia ha insistido durante siglos en esta pedagogía de la prudencia: nadie combate lo que constantemente alimenta. En un contexto cultural marcado por la exposición incesante a estímulos, tentaciones y contenidos digitales, esta enseñanza resuena con fuerza renovada.
Gobernar los pensamientos y ejercer la disciplina del cuerpo
Tras el ámbito exterior, Santo Tomás introduce el frente interior: los pensamientos. Advierte que el segundo paso para frenar el pecado consiste en vigilar las imágenes, fantasías y deseos que revuelven la concupiscencia, concepto que describe el apetito desordenado orientado hacia los bienes terrenos, especialmente los placeres sensuales.
La batalla espiritual —enseña— se libra primero en la mente antes que en los actos. Para orientar esta lucha, el Doctor Angélico propone la mortificación del cuerpo como disciplina pedagógica, citando con autoridad las palabras de San Pablo: “Castigo mi cuerpo y lo someto a esclavitud” (1 Cor 9, 27). En la tradición cristiana, esta dimensión ha encontrado expresión concreta en el ayuno y la abstinencia, especialmente durante la Cuaresma, y en la práctica penitencial de los viernes, como recoge el Código de Derecho Canónico. Estas formas no buscan despreciar lo material, sino ayudar a ordenar lo sensible hacia lo espiritual.
Oración y ocupación: el espíritu como vencedor en una guerra constante
El tercer paso que Santo Tomás propone es el más decisivo: la oración. Entre la carne y el espíritu —recuerda el santo— existe un combate incesante. Si el cristiano aspira a que el espíritu triunfe, necesita auxilio divino. La oración sostiene el alma desde dentro, del mismo modo que el ayuno debilita aquello que se rebela contra la gracia. Sin este refuerzo, la lucha moral se vuelve insuficiente, porque el hombre intenta vencer con sus solas fuerzas lo que solo la asistencia de Dios puede transformar.
Finalmente, el Doctor Angélico introduce el cuarto paso: ocupar el tiempo en tareas lícitas.
La ociosidad es fértil en tentaciones, y así lo advirtió también San Jerónimo, citado por Santo Tomás: “Aficiónate al estudio de las Escrituras y no amarás las tendencias de la carne”. Para ambos maestros, la vida espiritual no se construye a base de espacios vacíos, sino mediante un corazón comprometido en obras buenas, estudios santos o labores útiles.
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