“Colaborador de la verdad hasta el final”: el cardenal Müller reivindica el legado teológico y espiritual de Benedicto XVI

5 de enero del 2026
Isabel

En la víspera del tercer aniversario del fallecimiento de Benedicto XVI, la Basílica de San Pedro volvió a convertirse en lugar de memoria agradecida y oración confiada. Allí, el cardenal Gerhard Ludwig Müller presidió una solemne Eucaristía en la que evocó con profundidad la figura del Papa alemán, subrayando no solo la magnitud de su obra intelectual, sino, sobre todo, su radical fidelidad a la verdad revelada. A través de una homilía densa y serena, el purpurado trazó el perfil de un pastor y teólogo que entendió toda su vida como un servicio humilde a Cristo y a la Iglesia.

“Benedicto XVI vivió y pensó siempre como un servidor humilde de la verdad, convencido de que la fe cristiana no es una idea, sino el encuentro transformador con Cristo vivo”.

Un itinerario de servicio al Evangelio y a la Iglesia


Joseph Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en Alemania y, desde sus primeros pasos en el sacerdocio, mostró una inteligencia teológica poco común, unida a una fe profundamente eclesial. Como recordó el cardenal Müller, su trayectoria estuvo marcada por una entrega constante a la Iglesia en diversas responsabilidades: perito en el Concilio Vaticano II, obispo, cardenal y, durante más de dos décadas, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.


En esa etapa, bajo el pontificado de Juan Pablo II, Ratzinger se distinguió por un ejercicio del Magisterio caracterizado por la “máxima diligencia, precisión intelectual e incorruptibilidad”, criterios que —según destacó Müller— continuaron guiando su ministerio cuando fue elegido Sucesor de Pedro el 19 de abril de 2005.


Tras su histórica renuncia en febrero de 2013, Benedicto XVI se retiró al Monasterio Mater Ecclesiae, donde vivió casi diez años dedicado a la oración y al estudio, hasta su fallecimiento el 31 de diciembre de 2022, a los 95 años. Para el cardenal Müller, ese último periodo fue también un testimonio elocuente de humildad y confianza total en Dios.



“Colaborador de la verdad”: fe, razón y diálogo


Durante la homilía, el cardenal alemán insistió en que Benedicto XVI se entendió siempre a sí mismo como cooperador veritatis, un colaborador de la verdad. Su teología, afirmó, no fue nunca una construcción ideológica ni un ejercicio académico autorreferencial, sino una búsqueda honesta de la verdad que es Cristo.


En este punto, Müller recordó cómo incluso pensadores alejados de la fe cristiana, como Jürgen Habermas, buscaron el diálogo con Ratzinger. Ese encuentro simboliza, a su juicio, la capacidad del Papa alemán para tender puentes entre creyentes y no creyentes, mostrando que la fe no es enemiga de la razón, sino su aliada más profunda.


Frente a la supuesta oposición moderna entre ciencia y fe, el purpurado subrayó que no existe contradicción entre la verdad revelada y el conocimiento humano, aunque la fe no dependa de la validación de teorías siempre provisionales. La fe —recordó— se fundamenta en la Palabra de Dios, y su centro es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que es la Verdad en persona.



Una obra monumental nacida de la humildad


Uno de los momentos más cercanos de la homilía fue el recuerdo personal del cardenal Müller al hablar de la Opera Omnia de Joseph Ratzinger. Al presentarle el primer volumen de una obra destinada a abarcar decenas de miles de páginas, el entonces Papa no reaccionó con orgullo, sino con una pregunta sencilla y desarmante: “¿Quién va a leer todo eso?”.


Ese gesto, relató Müller, resume bien la actitud interior de Benedicto XVI: consciente de la magnitud de su trabajo, pero libre de vanidad. Para el cardenal, esa teología sigue siendo un don para la Iglesia universal y para las generaciones futuras, y no debe intimidar por su extensión, sino atraer por su profundidad.


De manera particular, recomendó los tres volúmenes de Jesús de Nazaret como una puerta de entrada privilegiada a su pensamiento. El hecho de que Benedicto XVI los publicara bajo su nombre personal —distinguéndolos del Magisterio estrictamente papal— revela, según Müller, una comprensión muy honda del ministerio petrino: el Papa está llamado, ante todo, a confirmar a la Iglesia en la confesión de fe en Cristo, el Hijo de Dios vivo.



La Iglesia, encuentro con una Persona viva


En la parte final de su predicación, el cardenal Müller quiso subrayar una de las intuiciones centrales del pensamiento de Ratzinger: el cristianismo no es una teoría, ni una cosmovisión, ni un programa ético o social. Es, ante todo, el encuentro con una Persona viva.


Por eso, recordó, la Iglesia no puede reducirse a una ONG ni a una estructura humana, sino que es la comunidad de los discípulos que dan testimonio de haber visto la gloria del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. En la liturgia, añadió, esa comunión trasciende el tiempo: la liturgia terrena se une a la liturgia celestial.



Desde esta certeza, el cardenal concluyó afirmando que Benedicto XVI no está lejos de nosotros. Unido a la Iglesia gloriosa, continúa adorando y alabando a Dios junto a todos los santos, mientras su legado sigue iluminando el camino de quienes buscan vivir una fe pensada, rezada y amada.


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