La Epifanía, mucho más que los Reyes Magos: claves históricas y teológicas de una solemnidad decisiva

5 de enero del 2026
Isabel

Cada 6 de enero —o el domingo más cercano, según los países— la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Epifanía del Señor, una de las fiestas más antiguas y ricas del calendario litúrgico.


Aunque popularmente se identifica con la adoración de los Reyes Magos, esta celebración encierra una profundidad histórica, bíblica y teológica que va mucho más allá de la escena entrañable de Belén.


La Epifanía proclama que Cristo, el Mesías esperado, se manifiesta como Salvador universal, no solo para Israel, sino para todos los pueblos de la tierra. A través de siete datos clave, se despliega el verdadero alcance de esta solemnidad que ilumina el misterio de la Navidad y anticipa toda la misión de Jesús.

“La Epifanía proclama que Cristo se manifiesta como Salvador universal, una luz destinada a todos los pueblos que, como los Magos, se ponen en camino para adorarlo.”

La manifestación de Dios a toda la humanidad


El término epifanía procede del griego y significa “manifestación” o “revelación”. En el contexto cristiano, hace referencia a un hecho decisivo: Dios se da a conocer en Jesucristo, no de forma abstracta, sino en la humildad de un Niño recostado en un pesebre. La liturgia de este día pone en el centro la escena narrada por el Evangelio de San Mateo, cuando unos sabios llegados de Oriente reconocen en el Niño a un rey digno de adoración y le ofrecen oro, incienso y mirra.


Sin embargo, la tradición de la Iglesia ha subrayado que esta no es la única epifanía. Junto a la adoración de los Magos —que representa la manifestación de Cristo a los pueblos paganos—, se consideran también epifanías el Bautismo del Señor en el Jordán, donde Jesús se manifiesta al pueblo judío como Hijo amado del Padre, y las bodas de Caná, en las que se revela a sus discípulos realizando su primer signo. Las tres escenas muestran progresivamente la identidad divina de Cristo y su misión salvadora.



Una de las fiestas más antiguas del cristianismo


La Epifanía ocupa un lugar privilegiado en la historia de la liturgia. Solo la Pascua es anterior. Sus orígenes se remontan a las primeras comunidades cristianas de Oriente y ya en el siglo IV fue asumida también por la Iglesia de Occidente. En sus inicios, esta celebración englobaba varios misterios hoy repartidos a lo largo del año litúrgico, incluido el nacimiento de Cristo.


Con el tiempo, especialmente tras la fijación de la Navidad el 25 de diciembre, la Epifanía fue centrando su atención en la adoración de los Magos. Durante la Edad Media, esta identificación se consolidó hasta configurar la imagen actual de la fiesta, profundamente arraigada en la piedad popular. Aun así, la liturgia sigue recordando que la Epifanía no es un episodio aislado, sino una proclamación solemne de Cristo como luz para todas las naciones.



Los Reyes Magos: sabios buscadores de Dios


El Evangelio no ofrece detalles exhaustivos sobre los Magos. San Mateo se limita a afirmar que “vinieron de Oriente”, un término amplio que para los judíos podía aludir a regiones como Persia, Arabia o Caldea. Lejos de la idea moderna de “magia”, el término mago designaba en el mundo antiguo a sabios o sacerdotes dedicados al estudio de los astros y al conocimiento de la naturaleza.


Estos hombres, ajenos al pueblo de la Alianza, accedieron probablemente a las profecías mesiánicas a través de comunidades judías asentadas en Oriente. Movidos por el deseo de verdad y guiados por un signo en el cielo, emprendieron un largo viaje que simboliza el camino de toda la humanidad hacia Cristo. La tradición posterior los llamó “reyes”, apoyándose en textos proféticos como el Salmo 72, que anuncia a los reyes de la tierra postrándose ante el Mesías.



Tres regalos, múltiples significados


La tradición fijó en tres el número de los Magos, en consonancia con los dones ofrecidos al Niño. No obstante, el arte cristiano primitivo representó en ocasiones un número mayor. Finalmente, la iconografía consolidó la figura de Gaspar, Melchor y Baltazar, cuyos nombres y rasgos simbolizan la universalidad de la salvación.


El oro reconoce la realeza de Cristo; el incienso proclama su divinidad; y la mirra anticipa su humanidad sufriente y su muerte redentora. En ellos se concentra una auténtica profesión de fe. Incluso la diversidad de edades y razas con que se les ha representado expresa que todas las etapas de la vida y todos los pueblos están llamados a encontrarse con Cristo.



La estrella y el lenguaje del cielo


La estrella de Belén ha suscitado desde antiguo múltiples interpretaciones. Más allá de una explicación puramente astronómica, la tradición cristiana ha visto en ella un signo providencial que Dios utiliza para hablar el lenguaje comprensible para aquellos sabios.


Algunas hipótesis modernas sugieren una conjunción planetaria extraordinaria, que habría sido leída por los Magos como anuncio del nacimiento de un gran rey en Judea. Sea cual fuere su naturaleza, la estrella cumple una función teológica esencial: conduce a Cristo, pero desaparece cuando el encuentro se consuma. A partir de ese momento, ya no es necesaria la mediación del signo, porque el Salvador se deja encontrar cara a cara.



Una solemnidad que interpela hoy


La Epifanía no es solo memoria de un acontecimiento pasado. Es una llamada permanente a reconocer a Cristo allí donde se manifiesta de forma humilde y silenciosa. Como los Magos, el creyente está invitado a ponerse en camino, a dejar sus seguridades y a ofrecer lo mejor de sí mismo al Señor.



En un mundo marcado por fronteras, conflictos y exclusiones, esta solemnidad proclama que nadie queda fuera del plan de salvación y que la Iglesia existe para señalar a Cristo como luz que disipa toda oscuridad.


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