El Jubileo de los Presos: el Papa clama contra el olvido, el hacinamiento y la desesperanza tras los muros

15 de diciembre del 2025
Isabel

El último gran acontecimiento del Año Jubilar, que culminará el próximo 6 de enero de 2026 con la solemnidad de la Epifanía del Señor, ha tenido como protagonistas a quienes viven una de las realidades humanas más duras y silenciadas: las personas privadas de libertad. El Jubileo de los Presos ha reunido en Roma a cerca de 6.000 participantes procedentes de distintos países del mundo, entre reclusos, familiares, funcionarios penitenciarios, capellanes y voluntarios, en una llamada coral de la Iglesia a no resignarse ante la exclusión, la culpa ni la desesperanza.



El momento central de este encuentro ha sido la Misa celebrada por el Papa León XIV en la Basílica de San Pedro, donde el Pontífice ofreció una profunda reflexión sobre la justicia, la misericordia y la posibilidad real de redención incluso en los contextos más adversos. Desde una mirada evangélica, el Santo Padre denunció con claridad las carencias estructurales de los sistemas penitenciarios y alertó de una tentación silenciosa pero devastadora: la de “no perdonar más”, ni a los demás ni a uno mismo.

“Incluso entre los muros de la cárcel, Dios sigue ofreciendo caminos de redención, perdón y esperanza para que nadie se pierda.”

Una Iglesia que entra en las cárceles y escucha el clamor de los olvidados


Según informó el Dicasterio para la Evangelización, el Jubileo de los Presos ha contado con la participación de fieles procedentes de numerosos países, entre ellos Italia, España, Portugal, Reino Unido, Polonia, Alemania, Indonesia, México, Madagascar, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Guinea-Bissau, Filipinas, Taiwán y Australia. Esta diversidad ha reflejado el carácter universal de una herida que atraviesa fronteras y culturas.


Ante los participantes, el Papa quiso situar la experiencia carcelaria en el centro de la reflexión jubilar, recordando que la Iglesia no puede permanecer indiferente ante las condiciones en las que viven miles de personas privadas de libertad.


León XIV señaló con firmeza problemas estructurales que siguen marcando muchos sistemas penitenciarios: el hacinamiento, la ausencia de programas educativos estables, la escasez de oportunidades laborales y las enormes dificultades personales que afrontan quienes cumplen una condena. Estas realidades, subrayó, no son meras estadísticas, sino situaciones concretas que afectan a la dignidad humana y que interpelan directamente a la conciencia de la sociedad y de las instituciones.



El peso del pasado y las heridas que piden ser sanadas


Más allá de los problemas materiales, el Pontífice puso el acento en la dimensión humana y espiritual de la prisión. Describió la vida carcelaria como un espacio marcado por “el peso del pasado” y por heridas profundas que necesitan ser curadas “en el cuerpo y en el corazón”. En ese contexto, advirtió de un riesgo que afecta tanto a los reclusos como a quienes trabajan en el ámbito penitenciario: la tentación de rendirse o de dejar de perdonar.


En su homilía, León XIV se dirigió con palabras directas tanto a las personas privadas de libertad como a los responsables del mundo penitenciario, reconociendo la complejidad y dureza de la tarea que les corresponde. Recordó que, aun existiendo un compromiso sincero por parte de muchos, queda todavía un largo camino por recorrer para humanizar plenamente la justicia.


El Papa reconoció que la cárcel es un entorno especialmente difícil, donde incluso las mejores intenciones pueden chocar con obstáculos estructurales y personales. Sin embargo, exhortó a no caer en el desánimo ni en la resignación, invitando a seguir adelante con perseverancia, valentía y espíritu de colaboración.



Justicia, misericordia y la posibilidad real de recomenzar


En uno de los pasajes centrales de su reflexión, el Santo Padre recordó una verdad esencial del Evangelio: ningún ser humano se identifica plenamente con sus errores. Para León XIV, la justicia auténtica no puede limitarse al castigo, sino que debe entenderse siempre como un proceso de reparación, sanación y reconciliación.


El Papa insistió en que incluso en los contextos más duros pueden brotar frutos inesperados cuando se conservan valores como la sensibilidad, la atención al otro, el respeto y la capacidad de misericordia y perdón. Desde ese suelo aparentemente estéril, afirmó, pueden nacer gestos, proyectos y encuentros que revelan una humanidad renovada, incluso entre los muros de una prisión.


Este trabajo interior —añadió— no sólo es necesario para las personas privadas de libertad, sino también, y de manera especial, para quienes tienen la responsabilidad de administrar justicia y representar ante los reclusos el rostro del Estado y de la sociedad. En este horizonte, el Papa recordó que el Jubileo es, por su propia naturaleza, una llamada a la conversión y, precisamente por ello, un motivo de esperanza y de alegría. Citando la Escritura, subrayó que el deseo de Dios es claro y constante: que nadie se pierda y que todos puedan salvarse.



“Dios es quien redime, quien libera”


León XIV quiso situar toda reflexión sobre la cárcel y la justicia bajo la primacía de la acción divina. Recordó, evocando al profeta Isaías, que es Dios quien rescata y libera, quien conduce a los suyos hacia una alegría nueva. En este sentido, manifestó su deseo de que el llamamiento realizado por el Papa Francisco —para que durante el Año Santo se promovieran formas de amnistía o condonación de penas— haya sido acogido, como un signo concreto de misericordia y de confianza en la capacidad de recomenzar.


El Jubileo de los Presos ofreció también un signo profundamente simbólico durante la celebración eucarística: las hostias consagradas utilizadas en la Misa fueron elaboradas por personas privadas de libertad que participan en el proyecto Il senso del Pane, impulsado por la Fundación Casa dello Spirito e delle Arti de Milán. Desde 2016, esta iniciativa implica cada año a más de 300 detenidos que elaboran formas eucarísticas destinadas a parroquias de 17 países, recordando que incluso en la cárcel el trabajo puede convertirse en oración y ofrenda.



Para la Eucaristía presidida por el Papa, las hostias procedían de los talleres de las prisiones italianas de Opera, San Vittore y Bollate, un signo tangible de que la gracia de Dios atraviesa muros y transforma lo cotidiano en lugar de encuentro con Cristo.


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