Recuperar el corazón de la Navidad: claves para no perder el sentido cristiano ante la “paganización”

29 de diciembre del 2025
Isabel

Luces, escaparates repletos, músicas repetidas y una avalancha de símbolos invernales anuncian cada año la llegada de la Navidad… incluso antes de que termine el otoño. Sin embargo, tras esta escenografía aparentemente festiva, muchos cristianos perciben una inquietud creciente: el riesgo de celebrar una Navidad vacía de su contenido esencial.

Sobre esta realidad advierte el sacerdote jesuita Fernando Barrios, en una reflexión publicada por la Arquidiócesis de Miami, en la que alerta sobre la progresiva “paganización” de la Navidad y llama a los fieles a redescubrir su auténtico centro: el nacimiento de Jesucristo.


A las puertas del 25 de diciembre —fecha que en 2025 volverá a llegar “con infalible puntualidad”, como recuerda el propio sacerdote—, la reflexión invita a mirar con espíritu crítico cómo se vive hoy esta solemnidad y a preguntarse qué lugar ocupa realmente el Niño Jesús en nuestras celebraciones.

“La Navidad pierde su alma cuando se olvida al Niño Jesús, pero la recupera cuando la liturgia y el belén vuelven a ocupar el centro.”

Cuando la Navidad se vacía de su Misterio


El P. Barrios señala que la “paganización” no es un fenómeno aislado ni reciente, sino una tendencia que afecta de modo creciente a las grandes celebraciones cristianas. En el caso de la Navidad, se manifiesta especialmente en la sustitución progresiva de sus signos propios por otros elementos decorativos que, aunque presentados como “navideños”, carecen de toda referencia al acontecimiento que da sentido a la fiesta.


Muñecos de nieve, trineos, renos, paisajes invernales o árboles artificiales saturados de luces y colores ocupan escaparates y hogares, incluso en regiones de clima cálido donde estos símbolos resultan culturalmente ajenos. El sacerdote subraya que el problema no es estético, sino espiritual: cuando desaparece el Niño Jesús, junto a María, José, los pastores y los Magos, la Navidad se convierte en una celebración genérica, despojada de su identidad cristiana.


Esta lógica comercial —que irrumpe ya desde octubre, incluso antes de Halloween— tiende a imponer un relato alternativo de la Navidad, centrado en el consumo, la nostalgia o el ambiente festivo, pero ajeno al misterio de la Encarnación.



Una tentación que alcanza a todas las fiestas cristianas


El análisis del P. Barrios va más allá de la Navidad y sitúa este fenómeno en un contexto más amplio. La “paganización”, advierte, afecta también a otras celebraciones fundamentales del calendario litúrgico. El Día de Acción de Gracias, por ejemplo, corre el riesgo de reducirse a una comida familiar sin la oración de agradecimiento que le da sentido.


De manera aún más llamativa, incluso la Pascua de Resurrección —el centro del año cristiano— se ve a menudo desfigurada por símbolos comerciales que ignoran por completo al Cristo resucitado. Huevos decorados y conejos sustituyen al anuncio pascual, vaciando de contenido la celebración más importante de la fe.


Este desplazamiento progresivo del significado religioso no es neutral: termina por modelar la forma en que las nuevas generaciones comprenden —o dejan de comprender— el núcleo del cristianismo.



La liturgia, antídoto frente al olvido


Frente a esta deriva, el sacerdote jesuita propone volver a la fuente: la liturgia de la Iglesia. En ella, explica, no solo se recuerda un hecho pasado, sino que el misterio celebrado se hace realmente presente. Por eso, la Navidad no se limita a un día ni a un símbolo, sino que se despliega en una riqueza litúrgica cuidadosamente custodiada por la tradición.


La Iglesia ofrece hasta cuatro celebraciones distintas el día de Navidad —la Misa de la Vigilia, la Misa de Medianoche o del Gallo, la Misa de la Aurora y la Misa del Día—, cada una con oraciones y lecturas propias que ayudan a profundizar en distintos aspectos del misterio de la Encarnación.


Los prefacios del Misal, recuerda el P. Barrios, explicitan con gran belleza la pedagogía divina: Dios se sirve de lo visible —la humanidad de Cristo— para conducirnos a lo invisible, su divinidad. El Hijo eterno asume la fragilidad de nuestra carne para hacernos partícipes de su vida inmortal. Esa es la verdad que la liturgia pone en el centro, año tras año.



Celebrar con alegría sin perder lo esencial


El sacerdote aclara que recuperar el sentido cristiano de la Navidad no implica rechazar toda expresión festiva o cultural. La tradición del árbol, las coronas navideñas, los encuentros familiares y las comidas especiales no están reñidas con la fe, siempre que no desplacen el signo fundamental: el nacimiento del Salvador.


El belén —inspirado especialmente en el relato del Evangelio de San Lucas— sigue siendo, en este sentido, una catequesis silenciosa pero elocuente. Colocar la escena del Nacimiento en un lugar visible del hogar es una manera concreta de confesar la fe y de recordar, especialmente a los más pequeños, por qué se celebra la Navidad.


Del mismo modo, compartir una mesa más cuidada y festiva forma parte de la lógica de la celebración: así como se honra con esmero el cumpleaños de un ser querido, la gran familia cristiana celebra con gozo el nacimiento de Jesús.



Una llamada a vivir la Navidad con conciencia cristiana


La reflexión del P. Fernando Barrios no es una denuncia nostálgica, sino una invitación pastoral a vivir la Navidad con mayor profundidad y coherencia. En un contexto cultural que tiende a diluir el significado de las fiestas religiosas, los cristianos están llamados a custodiar y transmitir el sentido auténtico de aquello que celebran.


No se trata de oponerse al mundo, sino de iluminarlo desde dentro, devolviendo a la Navidad su rostro más verdadero: el de un Dios que se hace Niño para habitar entre nosotros y transformar la historia desde la humildad.



Celebrar la Navidad cristianamente es, en definitiva, una decisión consciente: elegir que, entre luces y adornos, no falte nunca Aquel que es la verdadera Luz del mundo.


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