Un gesto que abraza la infancia del mundo: el Papa bendice 1.500 imágenes del Niño Jesús y eleva una oración por la paz

24 de diciembre del 2025
Isabel

La Plaza de San Pedro volvió a convertirse este domingo en un espacio de ternura, fe y esperanza compartida. Al término del rezo del Ángelus, el Papa León XIV protagonizó uno de los gestos más entrañables del tiempo de Adviento: la bendición de 1.500 imágenes del Niño Jesús llevadas por niños de Roma y de otros lugares del mundo.


Una tradición sencilla en su forma, pero profundamente elocuente, que recuerda a la Iglesia entera que la Navidad se prepara desde la mirada limpia de los pequeños y desde la confianza puesta en Dios que se hace Niño.

“Cuando los niños bendicen al mundo con su oración, la Navidad se convierte en una promesa real de paz y esperanza.”

Una tradición nacida para los niños y custodiada por la Iglesia


La bendición de los llamados bambinelli —las figuras del Niño Jesús destinadas a los belenes familiares— hunde sus raíces en el pontificado de Pablo VI, quien en 1969 quiso reservar un momento especial del Adviento para encontrarse con los niños de la Diócesis de Roma. Desde entonces, este gesto se ha mantenido vivo a lo largo de las décadas, atravesando cambios históricos y culturales, y convirtiéndose en una cita esperada cada año.


Incluso en los momentos más difíciles, como durante la pandemia, la tradición no se interrumpió. El Papa Francisco supo mantener este signo de cercanía, consciente de que los niños necesitaban más que nunca sentir que la Iglesia los acoge y los pone en el centro. Con el paso del tiempo, la iniciativa ha traspasado las fronteras de Roma y hoy se replica en numerosas diócesis del mundo, como expresión de una fe que se transmite en familia y se cultiva desde la infancia.



“Queridísimos”: una Plaza de San Pedro llena de voces y esperanza


Este domingo, ante la presencia de unos 1.500 niños, el Papa León XIV dirigió un saludo especial a los pequeños de Roma, que fue acogido con aplausos y una ovación espontánea. Acompañados por sus familias, catequistas y educadores, los niños habían acudido a la Plaza llevando en sus manos las imágenes del Niño Jesús que presidirán los pesebres de sus casas, escuelas y oratorios.


El Pontífice quiso agradecer de manera expresa al Centro Oratori Romani, entidad encargada de la organización del encuentro, y bendijo “de corazón” cada uno de los bambinelli. Sus palabras, sencillas y directas, subrayaron el valor de este gesto doméstico y cotidiano: colocar al Niño Jesús en el centro de la vida familiar como signo visible de fe, de acogida y de amor.


Más allá del acto litúrgico, el encuentro reflejó una Iglesia que se inclina hacia los más pequeños, que escucha su alegría y reconoce en ellos un auténtico camino de evangelización. En un mundo que con frecuencia margina o instrumentaliza la infancia, la imagen de la Plaza llena de niños recordaba que el Evangelio se comprende mejor desde la humildad y la confianza.



Rezar ante el pesebre por la paz de todos los niños


Al dirigirse directamente a los niños, el Papa León XIV les confió una misión concreta para esta Navidad: rezar ante el pesebre también por las intenciones del Papa. De manera especial, los invitó a elevar una súplica común para que todos los niños del mundo puedan vivir en paz. Una petición que resonó con fuerza en un contexto internacional marcado por conflictos, violencias y desplazamientos forzados que afectan, de manera dramática, a millones de menores.


La oración por la paz, pronunciada desde la voz de los niños y confiada al Niño Jesús, adquirió así un significado profundo. No se trataba de un deseo ingenuo, sino de una intercesión cargada de esperanza cristiana: la certeza de que Dios escucha el clamor de los pequeños y que la paz comienza cuando los corazones se dejan transformar por Él.


Con su bendición final, el Papa selló un momento que une tradición, catequesis y compromiso, recordando que la Navidad no es solo una celebración, sino una llamada a cuidar la vida, la dignidad y el futuro de los más frágiles.



La bendición de los bambinelli vuelve a recordarnos que el misterio de la Encarnación se comprende mejor desde la sencillez. En las manos de los niños que alzan al Niño Jesús, la Iglesia contempla su propio rostro y renueva su misión: anunciar, con gestos humildes y llenos de luz, que Dios sigue naciendo para traer paz a todos, especialmente a los más pequeños.


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