Una medalla para la memoria de la Iglesia: el Jubileo de la Esperanza, entre dos pontificados
31 de diciembre del 2025
El cierre del Año Jubilar de la Esperanza no ha pasado inadvertido para la historia de la Iglesia. Coincidiendo con la clausura de la Puerta Santa de la Basílica Papal de Santa María la Mayor, el pasado 25 de diciembre, se ha querido dejar constancia material de un acontecimiento verdaderamente singular: un Año Santo convocado por Papa Francisco y concluido por su sucesor, León XIV. Para custodiar la memoria de este tiempo de gracia, la basílica romana ha encargado la realización de una medalla conmemorativa que se suma a la tradición histórica de los grandes jubileos.
No se trata de un simple objeto artístico o devocional, sino de un signo elocuente que resume, en metal y símbolos, un año que ha marcado profundamente a la Iglesia universal. Un Jubileo excepcional que, como recuerdan los historiadores, solo encuentra un precedente similar en el Año Santo de 1700, abierto por Inocencio XII y cerrado por Clemente XI.
“Una medalla que guarda en silencio la memoria de un Jubileo único, signo de la continuidad de la Iglesia y de la esperanza que no defrauda.”
Un Jubileo excepcional entre dos Papas
La singularidad del Año Santo 2025 queda reflejada ya en el motivo mismo de la medalla. Convocado por el Papa Francisco y clausurado por el Papa León XIV, este Jubileo ha sido testigo visible de la continuidad viva de la Iglesia, que no se interrumpe ni siquiera en los momentos de transición pontificia. La medalla recoge precisamente esa continuidad, subrayando que la gracia jubilar no depende de una persona concreta, sino de la fidelidad permanente de Dios a su pueblo.
En este sentido, el objeto conmemorativo no es solo un recuerdo histórico, sino una auténtica catequesis visual. Remite a un Año Santo vivido como tiempo de esperanza, de conversión y de apertura a la misericordia, en el que millones de peregrinos cruzaron las Puertas Santas buscando reconciliación, perdón y renovación espiritual.
Iconografía mariana y cristológica: un mensaje en metal
El anverso de la medalla concentra una rica y profunda simbología teológica. En el centro se representa la Puerta Santa de Santa María la Mayor, lugar especialmente significativo por ser la basílica donde reposan actualmente los restos mortales del Papa Francisco. Esta puerta aparece como umbral de salvación, eco visible del paso del hombre hacia la misericordia de Dios.
Inspirada en la figura del hombre de la Sábana Santa, la composición incluye también a Cristo que se aparece a la Virgen María, representada mediante el venerado icono de la Salus Populi Romani, tan querido por el Papa Francisco a lo largo de su pontificado. La escena subraya la dimensión pascual del Jubileo: el Cristo que vence a la muerte y se manifiesta a su Madre como primicia de la esperanza.
El conjunto se completa con una cuidadosa disposición de hitos fundamentales de la historia de la salvación y de la Iglesia. En la parte superior izquierda figura la Anunciación; a la derecha, Pentecostés. En la parte inferior, el Concilio de Éfeso —que proclamó a María Madre de Dios— y el Concilio Vaticano II, que la reconoció como Madre de la Iglesia. Todo ello queda coronado por la inscripción latina que sitúa la obra en el primer año del pontificado de León XIV, sellando así el momento histórico.
Una obra para custodiar la memoria viva de la Iglesia
El reverso de la medalla refuerza aún más el carácter excepcional del Jubileo 2025. La inscripción recuerda explícitamente que la Puerta Santa de la Basílica Liberiana fue abierta durante el pontificado del Papa Francisco y cerrada bajo el de León XIV, siendo en ambos casos el Cardenal Rolandas Makrickas quien presidió los ritos como arcipreste del templo.
La obra lleva la firma de Amalia Mistichelli, escultora de reconocido prestigio en el ámbito del arte medallístico vaticano. Su trayectoria incluye piezas tan relevantes como la medalla conmemorativa del décimo aniversario del pontificado de Francisco o la medalla de la Sede Vacante 2025. Fiel a su estilo, Mistichelli combina una inspiración clásica con un exquisito trabajo caligráfico, logrando composiciones de gran densidad simbólica en un formato miniaturístico.
La medalla ha sido producida en una serie limitada —2.000 ejemplares en bronce y 1.000 en plata de ley— y puede adquirirse en la propia basílica romana. Más allá de su valor artístico, se presenta como un objeto destinado a custodiar la memoria espiritual de un Año Santo que quedará inscrito en la historia de la Iglesia.
Con esta iniciativa, Santa María la Mayor ofrece a los fieles un testimonio tangible de un tiempo de gracia irrepetible, recordando que la historia de la Iglesia se escribe con gestos sencillos que, iluminados por la fe, se convierten en signos perdurables de esperanza.
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