Nigeria, una herida abierta para la Iglesia: más de 200 sacerdotes secuestrados en diez años
30 de diciembre del 2025
La persecución contra la Iglesia en Nigeria continúa dejando cifras estremecedoras. Un reciente estudio elaborado por la Iglesia Católica en el país africano documenta que 212 sacerdotes han sido secuestrados entre 2015 y 2025, una década marcada por la violencia, la inseguridad y el martirio silencioso de comunidades cristianas enteras.
El informe, remitido a la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada, confirma que los secuestros se han producido en al menos 41 de las 59 diócesis nigerianas, reflejando la magnitud de una crisis que afecta gravemente a la vida pastoral y a la libertad religiosa.
Lejos de tratarse de hechos aislados, los datos revelan un patrón persistente de violencia contra el clero, en un contexto donde la inseguridad, el terrorismo y las milicias armadas convierten el ejercicio del ministerio sacerdotal en un riesgo constante.
“Cuando las familias custodian la llama del amor evangélico, se convierten en refugio frente a los falsos ídolos y en luz de esperanza para el mundo.”
Un balance dramático: secuestros, muertes y sacerdotes aún cautivos
Según el estudio, de los 212 sacerdotes secuestrados en la última década, 183 lograron ser liberados o escapar, mientras que 12 fueron asesinados durante su cautiverio. Otros tres sacerdotes fallecieron posteriormente como consecuencia de las heridas y traumas sufridos. A ello se suma una realidad aún abierta y dolorosa: cuatro sacerdotes continúan actualmente en manos de sus captores, una herida viva para sus comunidades y para toda la Iglesia.
El informe identifica a estos presbíteros aún secuestrados: el P. John Bako Shekwolo, el P. Pascal Bobbo, el P. Emmanuel Ezema y el P. Joseph Igweagu. Además, el estudio confirma que al menos seis sacerdotes han sido secuestrados en más de una ocasión, lo que evidencia la extrema vulnerabilidad del clero en amplias zonas del país.
ACN advierte también que la cifra real podría ser aún mayor. Dieciocho diócesis no han aportado datos completos, y existen registros independientes de secuestros en otras diócesis que todavía no han sido incorporadas oficialmente al estudio. Asimismo, el informe no incluye los casos que afectan a religiosos y religiosas de órdenes y congregaciones, lo que sugiere una dimensión aún más amplia del problema.
Diócesis especialmente castigadas por la violencia
El análisis territorial del informe permite identificar las zonas donde la violencia ha golpeado con mayor dureza. La diócesis de Okigwe encabeza la lista con 47 secuestros, seguida por Port Harcourt (14) y Nsukka (13). Otras diócesis como Kaduna, Kafanchan y Nnewi registran también cifras especialmente elevadas, con nueve secuestros cada una.
En cuanto a los asesinatos, la arquidiócesis de Kaduna aparece como la más castigada, con cuatro sacerdotes asesinados en la última década. Le siguen Kafanchan y Minna, con dos cada una, y las diócesis de Abeokuta, Nnewi, Owerri y Sokoto, con un sacerdote asesinado en cada caso.
Este mapa de la violencia refleja un impacto devastador sobre la vida eclesial: parroquias abandonadas, aldeas enteras desplazadas, comunidades cristianas dispersadas y una pastoral gravemente interrumpida, especialmente en las zonas rurales más vulnerables.
¿Quién está detrás de la persecución? Terrorismo, milicias y discriminación
ACN subraya que la violencia en Nigeria no afecta exclusivamente a los cristianos, pero insiste en que la comunidad cristiana sufre una persecución específica y dirigida, especialmente en regiones dominadas por grupos yihadistas y milicias etnorreligiosas.
En el norte del país, la principal amenaza procede del terrorismo islamista, particularmente de organizaciones como Boko Haram y la Provincia de África Occidental del Estado Islámico, cuyo objetivo declarado es imponer una ideología radical y eliminar la presencia cristiana.
En la zona central de Nigeria, la violencia está vinculada a milicias fulani, responsables de asesinatos masivos, desplazamientos forzados, destrucción de aldeas mayoritariamente cristianas y ocupación de tierras agrícolas. Aunque estos conflictos suelen presentarse como disputas étnicas o económicas, en la práctica afectan de manera desproporcionada a las comunidades cristianas y tienen una clara dimensión religiosa.
A esta situación se suma —según la fundación pontificia— una discriminación estructural e institucional persistente, que deja a muchas comunidades cristianas del norte sin una protección efectiva por parte del Estado.
Nigeria, uno de los países más peligrosos para el clero
Los datos recogidos coinciden con el Informe sobre la Libertad Religiosa en el Mundo 2025, elaborado por ACN, que sitúa a Nigeria como uno de los países más peligrosos del mundo para el clero y los líderes religiosos. La violencia no solo busca el beneficio económico del secuestro, sino que tiene un claro objetivo de intimidación, control territorial y erradicación de la presencia cristiana.
En este contexto de extrema tensión, el pasado 25 de diciembre, el ejército de Estados Unidos, con apoyo del gobierno nigeriano, llevó a cabo ataques contra elementos del Estado Islámico en el país. El entonces presidente Donald Trump afirmó que estos grupos “han estado atacando y asesinando brutalmente, principalmente, a cristianos inocentes”, y aseguró que la operación respondía a advertencias previas para frenar la masacre.
Una Iglesia herida, pero perseverante
Pese al dolor, el miedo y las pérdidas irreparables, la Iglesia en Nigeria continúa dando testimonio de fe en medio de la persecución. Sacerdotes, religiosos y laicos permanecen junto a sus comunidades, muchas veces a riesgo de sus propias vidas, sosteniendo la esperanza en un contexto marcado por la violencia y la incertidumbre.
ACN insiste en la necesidad de no olvidar a Nigeria, de reforzar la ayuda humanitaria, pastoral y diplomática, y de mantener viva la oración por quienes sufren persecución a causa de su fe. La dramática cifra de más de 200 sacerdotes secuestrados en una década no es solo un dato estadístico: es el reflejo de una Iglesia crucificada que sigue anunciando el Evangelio en medio de la oscuridad, confiando en que la esperanza, incluso allí, no defrauda.
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